Cuanto se repasa la parca bibliografía sobre la relación entre Einstein y los estudios glotológicos propiamente dichos, se advierte que, en general, se hace referencia a la Hipótesis Sapir-Whorf como tesis de la relatividad de la capacidad de categorizar, según las limitaciones del lenguaje por su relación con el pensamiento. Se confunden, en ese planteamiento, la relatividad física con lo relativo cultural, distorsión causada por la atracción de parentesco de las palabras. También, con mayor fundamento, se advierte la coincidencia de diversas indagaciones científicas que se refieren a presuposiciones de relatividad, en los primeros años del siglo XX, o a determinados movimientos estéticos, como los que refleja la pintura de Braque, es decir, el cubismo. La base común conceptual de todos estos movimientos sería la de relación, que es el concepto mínimo que subyace a la teoría einsteiniana. Un análisis más reposado añadiría pistas inmediatas en otro sentido, el de la segunda época del autor y la Física de lo infinitamente pequeño.
Einstein estaba convencido de que su pensamiento era independiente de su lenguaje. Son famosas las anécdotas sobre sus escasas habilidades lingüísticas, más allá de las cuales Roman Jakobson, en su ponencia fundamental del Simposio de Jerusalén de 1979, puso el acento sobre las consecuencias que tuvo el suspenso de Einstein en el examen de ingreso del Tecnológico de Zúrich y su desplazamiento a la escuela cantonal de Aarau, donde fue pupilo, stricto sensu, del original lingüista Jost Winteler, cuya tesis de 1876 distinguía científicamente entre los rasgos accidentales, o variables, del sistema de sonidos de las lenguas y sus propiedades esenciales, o constantes. Algo en lo que es fácil ver un anticipo del fonema como haz o matriz de rasgos (la diferencia, aunque importante, carece de relevancia aquí.)
A principios del siglo XX la investigación europea y americana estaba preparada para el desarrollo de un concepto que cambió el enfoque científico. Por usar el término del gran lingüista del momento, se denominará con el vocablo valor. Lo que Ferdinand de Saussure quiso expresar con él es, intelectualmente, la misma idea que subyace a los conceptos de relatividad e invarianza (en el sentido lingüístico de constante, como conservación de las leyes físicas en distintos sistemas de referencia): lo que importa de la unidad lingüística, el signo, no es el objeto al que se refiere ni el usuario que lo emplea, sino su relación con los otros signos en el conjunto del sistema, que define su valor.
Aunque él no lo pensara así, el sistema simbólico en el que se basaba el pensamiento de Einstein, como el de cualquier ser humano, como rasgo específico, no era un sistema de categorización del universo independiente, era el sistema simbólico lingüístico. Naturalmente, cabe un nivel conceptual de abstracción distinto en diferentes individuos; pero eso no autoriza a suponer un pensamiento sin lenguaje, sin relación entre un contenido y su expresión. Hallar la expresión justa, en cualquier lengua, es otro problema, de otra índole. Más que sobre las lenguas, las observaciones del gran físico deben interpretarse como hechas sobre la cognición y dirigidas a la exigencia de que las relaciones se describan con precisión rigurosa.
Esto es lo que permitió a Jakobson trazar un cuidadoso isomorfismo entre los conceptos fundamentales de la Física de la Relatividad y las estructuras lingüísticas mínimas. Los rasgos distintivos de la fonología son conceptos de relación, más claros para el fonólogo moderno que para la intuición binaria en la que Jakobson se movía.
El puente que puede unir la ciencia del lenguaje con los conceptos de constantes y variables lingüísticas que Einstein pudo aprender del entorno de Winteler se encuentra en otro desarrollo de la Física de su tiempo. En Lingüística las relaciones entre los signos se establecen precisamente por los rasgos que los diferencian, en oposiciones, no por lo que tienen en común. La materia del lenguaje, como la del universo físico, es discontinua, está formada por elementos discretos, por quantos elementales. El lenguaje es una pura estructura geométrica de matrices, alterada por las limitaciones materiales de los usuarios.
Si se retoma ahora la oposición entre las unidades fonológicas, por ejemplo, ya no es preciso sostenerla en el binarismo, no se trata de la presencia o la ausencia de un rasgo determinado, correspondiente a una variación de formantes en el espectrograma. Es mucho más interesante considerar que la unidad lingüística es indiferente a uno u otro rasgo, hasta que se realiza, es decir, hasta que es percibida por el observador, en este caso, el usuario, para quien sólo está presente uno de los rasgos o formantes. Podría irse más lejos, en este sentido, hasta señalar que la teoría de la variación lingüística no es sino un conjunto de teorías sobre relaciones, profundamente isomórfica con la dimensión conceptual que toma la Física.
En Lingüística Histórica, campo levemente explorado en ese sentido hasta ahora, las consecuencias son mucho más interesantes, porque explican perfectamente por qué las lenguas están en permanente proceso de transición (de variación). En realidad, la lengua es la misma, lo que varía es la percepción del observador, que no puede optar por la indefinición quántica, sólo puede percibir un resultado. Así, por ejemplo, en un proceso de diptongación, como el de las abiertas tónicas en castellano medieval, el fonema es monoptongo y diptongo, pero su expresión sólo corresponde a una de las dos situaciones posibles, porque el observador no puede percibir diptongo y monoptongo indefinidos, ya que la observación, por sí misma, define. Cualquier cambio en desarrollo es sencillamente un conjunto de oscilaciones, la unidad mínima sería, por tanto, el bit (0,1).
Esta noción es por principio compatible con la diacronía. Cuatro semanas antes de su muerte, Einstein escribió que la distinción entre el pasado, presente y futuro no es más que una tozuda ilusión de los hombres. Esta tozudez de los hombres no es exclusiva de ninguna ciencia, pero es más factible en los humanas, donde llega por el objeto y por el observador, portadores ambos del adjetivo humano. Sobre un único sistema lingüístico el observador percibe la ilusión de los cambios de lugar (dialectos geográficos), tiempo (dialectos históricos) o de los observadores observados (dialectos sociales).
La Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica, indirectamente, como parte de un ambiente conceptual e intelectual distinto, han contribuido notablemente al desarrollo de una nueva teoría de los Universales, como categorías lingüísticas, más que cognitivas, es decir, más cercanas a la percepción de Coseriu que a la de Chomsky, si se permite un cierto reduccionismo. La búsqueda de la relación simetría-asimetría es un común denominador de la Física posterior a Einstein y la Lingüística moderna, ciencia, al fin y al cabo, de estructuras, pero preocupada por conceptos universales.