Según la segunda Encuesta Nacional sobre Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología, dos de cada tres españoles valora como bajo o muy bajo el nivel de educación científica que recibieron en su etapa escolar. Y esto es doblemente preocupante. Por un lado, una mala formación científica genera confusión ante un entorno cada vez más tecnificado, inhibe la corresponsabilidad ciudadana en la protección del medio y amordaza el debate de cualquier cuestión que roce el ámbito científico con frases mortales del tipo "Yo es que soy de letras, ¿sabe?". Por otro lado, actúa como una especie de anestesia, que nos deja inermes ante la manipulación seudocientífica. Todo ciudadano debería estar vacunado contra esto.
Por ejemplo, un reciente informe de la Fundación por la Paz, que lidera Mayor Zaragoza, denuncia que el presupuesto del próximo año para investigación militar casi triplica el destinado a investigación básica, fuente principal de financiación de las universidades y del CSIC. Esto conduce a situaciones un tanto surrealistas, como que la empresa General Dynamics -uno de los principales proveedores del Pentágono-, reciba para el desarrollo de dos tipos de carros de combate más dinero que el destinado a toda la investigación sanitaria. Tanto si se está a favor como en contra de este tipo de gastos, el tema promete un jugoso debate; pero, ¿cree alguien que este asunto satura las tertulias radiofónicas de mayor audiencia? ¿Supone que hay protestas airadas por meter en el mismo saco de I+D el desarrollo de una vacuna contra la gripe aviar y el de un misil balístico? Pues no, lo normal es que polémicas como esta, o como la del mercado de derechos de emisión de CO2, o como la del uso de hidrógeno como combustible, o como la de la clonación reproductiva pasen desapercibidas, sin pena ni gloria. ¿Es comprensible que asuntos de tanta repercusión sobre nuestras vidas sean incapaces de robar un solo minuto del preciado share televisivo a los debates deportivos o a los programas del corazón? Este es el tipo de anestesia al que me refiero.
Pero la ciencia no es solo una vacuna contra la ignorancia. En el proceso actual de cambio desde una economía industrial a otra basada en el conocimiento, la ciencia es el pasaporte imprescindible para avanzar, la palanca que puede marcar la diferencia. Por eso se estima que España debe incorporar 60.000 nuevos científicos antes de que finalice esta década para subirse al tren tecnológico de los países europeos. Pero hay cosas que no se resuelven con dinero, o al menos no solo con dinero, y una de ellas es crear un tejido investigador dinámico y con masa crítica suficiente. Eso lleva su tiempo, y exige coordinar con precisión relojera dos piezas clave, educación e investigación.
Lleva tiempo generar interés por la ciencia entre los más jóvenes, lleva tiempo crear equipos bien formados y consolidar líneas de innovación, lleva tiempo generar cantera científica. Y no solo lleva tiempo; también exige el compromiso decidido de profesores, políticos y científicos, todos a una, porque -como no se cansa de repetir Marina- "para educar a un niño hace falta la tribu entera".